¡QUIERO MÁS!

Desde Jean Piaget con su clasificación en cuatro periodos que abarcan desde el nacimiento hasta los temibles 12 años, hasta la teoría de los estados psicosexuales postulada por Sigmund Freud, la infancia ha sido nombrada, observada, clasificada y estudiada. Sin embargo ese interés no ha sido la norma histórica que ha caracterizado la relación entre el mundo adulto y el infantil. No es hasta finales del S. XVIII, principios del XIX, que surgen las primeras disciplinas cuyo objeto de estudio es el infante: la pedagogía, la psicología del desarrollo, y la pediatría. Paralelamente ve la luz “Émile o la educación” de Jean-Jacques Rousseau, primera publicación específica que profundiza en las características sociales, emocionales e intelectuales del niño. En dicho texto el filósofo francés describía por primera vez al niño no ya como a un hombre en pequeño, sino como quien tiene formas de ver, pensar y sentir propias, absurdas de ser sustituidas por las de los adultos. Se le da la categoría de ser humano independiente. A pesar de que este planteamiento nos parezca de lo más razonable, es interesante advertir que fue un postulado totalmente innovador y liberador para la época, siendo el punto de inflexión hacia la representación social que hoy tenemos de la infancia.

En 1994 Lloyd DeMause publica “La historia de la infancia”, libro compuesto por varios ensayos entre los cuales se encuentra el del mismo autor quien aclara que la historia de la infancia no ha tenido desde el punto de vista pedagógico una biografía propia, y añade que la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuánto más se retrocede en el pasado, más expuestos están los niños a la violencia, el maltrato y la muerte. Con respecto a lo anterior es muy interesante la relación que DeMause establece entre el vínculo paterno filial y las diferentes épocas históricas en las que enmarca su estudio. De acuerdo con ello, el psicohistoriador propone el siguiente devenir: Infanticidio: Antigüedad-Siglo IV; Abandono: Siglo IV al XVIII; Ambivalencia: Siglo XIV al XVII; Intrusión: Siglo XVIII; Socialización: Siglo XIX-mediados del XX; Ayuda: Se inicia a mediados del S. XX. A partir de esta taxonomía,  podemos deducir lo que caracteriza a cada uno de estos periodos:  desde el asesinato inmune (no es hasta el año 394 D.C. que quitarle la vida a un niño se entiende como asesinato, aunque todavía  en el S.XVII, en Francia, aparecen leyes que permiten el asesinato de los hijos no deseados) hasta el abandono, abuso sexual, maltrato físico y psíquico, la explotación laboral y demás prácticas ultrajantes derivadas de entender y pensar que un niño es un objeto poseible. No es difïcil advertir que dichas conductas se siguen repitiendo y lo seguirán haciendo mientras existan seres humanos duales y destructivos – es decir, siempre-.

Aun así es evidente que, históricamente  apreciamos una evolución en la manera en la que el infante es entendido y como consecuencia tratado, motivada a partir ciertos impulsos que promueven un cambio radical en la representación social de la infancia. A los sucesos mencionados que se desarrollaron a lo largo del Siglo XIX, se suma la creación de la escuela pública a partir de la Revolución Francesa, lo que genera el sentido universal de la escuela obligatoria, gratuita y laica. El Siglo XX es el siglo de oro de la infancia, en el que transcurren, al igual que en muchos otros aspectos sociales, cambios vertiginosos y muy positivos que encuentran su máximo exponente en la aprobación de la Declaración de los Derechos de los Niños el 20 de noviembre de 1959. El texto está compuesto por 12 principios. El principio número 2 parece ser el más esencial y del que derivan todos los demás: El niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, en condiciones de libertad y dignidad a fin de crecer no sólo física, sino también mental, moral y socialmente. Esta declaración adoptada por los 192 estados miembros de Naciones Unidas permite que este nuevo código ético se asiente en el inconsciente colectivo, generando así estructuras legales que protegen al menor y desaparezca definitivamente el paradigma del niño representado por Oliver Twist . Este hecho no erradica el abuso en cualquiera de sus expresiones pero sí lo hace moral y legalmente condenable, inequívocamente. Bienvenidos al Siglo XXI.

Phillipe Ariès en su estudio “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen” enfatiza cómo la actitud de los adultos frente a la infancia ha cambiado en el curso de la historia, y sigue cambiando hoy en día de manera lenta y en ocasiones imperceptible para nosotros como contemporáneos: Los sentimientos de adultos hacia niños no son “naturales” ni ahistóricos, sino muy al contrario, producto de procesos sociales, culturales, demográficos, y que mutan a lo largo del tiempo. No es de extrañar, en consecuencia, que los cambios políticos, económicos, legislativos y éticos afecten a la sociedad y sean los prerequisitos que permiten la evolución y el enriquecimiento de la relación adulto-niño. En las últimas décadas se han generando nuevas corrientes de pensamiento y acción al respecto: mayor consciencia de las necesidades del menor, atención y consideración por su emotividad, protagonismo de la afectividad, obtención de recursos para el pleno desarrollo físico, mental y espiritual del descendiente, políticas sociales de protección estatal al menor, ayudas públicas, creación de infraestructuras de ocio y consumo especializadas, pero también, por otra parte, sobreprotección y  sobreestimulación del niño, exceso de consideración a sus atenciones, incapacidad para imponer valores, falta de disciplina en la educación y un largo etcétera del que no podemos excluir la creación y el desarrollo de un estrato de mercado específico para los niños: producciones cinematográfica, televisivas, musicales, culturales, videojuegos, productos informáticos de hardware y software, comestibles, ropa y accesorios, productos de lujo, etcétera. El capitalismo se ha encargado de que el infante no caiga en el olvido, como mínimo el infante consumidor potencial. Un gran ejemplo del alcance del mercado aplicado al niño es  Pokémon: Serie televisiva, película, varias generaciones de videojuegos, ropa, accesorios, material escolar, alimentos, bebidas, etcétera.

Si como hemos podido observar cambian las referencias del adulto con respecto al niño, es lógico que las referencias a las que acuden los niños en el transcurso de la creación de su propia identidad también hayan mutado. De Heidi a 31 Miuntos. Del respeto, la tolerancia y la empatía, retrato moralista e idílico de lo que se espera de un niño, a lo políticamente incorrecto, el sentido del humor, cierto tono crítico e irreverente en relación al entorno y sus reglas, y cierta transgresión de valores  inherente a la identidad de las nuevas generaciones. Heidi fue escrita en 1880 por la suiza Johanna Spyri. La novela recibe el nombre del personaje protagonista de la historia, una pequeña niña que vive en los Alpes suizos cercanos a la frontera con Austria. Es un libro lleno de inocencia, donde se resaltan los valores humanos y el amor hacia la naturaleza. Esos son los antecedentes de la serie emitida en la década de los 70´s y 80´s en más de cien países. 31 Minutos es un programa de televisión chileno de alcance internacional emitido en México por Nickelodeon y Canal 11. Dicha serie emula el formato convencional de noticiero y se estructura a partir de diferentes personajes con características humanas en el sentido más dual de la palabra: excéntricos, ignorantes, distraídos, ludópatas, comprometidos, leales, irrespetuosos, obsesivos, amistosos, enamoradizos, workalcoholics y sobretodo, reales. 31 Minutos es solo el ejemplo de un extenso y abrumador repertorio de libre circulación de información, imágenes, sonidos, ideas, valores constructivos y destructivos. Desde videojuegos como Doom hasta películas como Buscando a Nemo, series como Shin Chan ó productos emblemáticos como McDonald´s y su payaso, hasta los personajes de Kellog´s. Todo ello suma un exceso de referentes que pocas veces han sido ideados con la intención de educar al menor, sino teniendo en cuenta el marketing con la vista puesta en el rating o el margen de utilidad del producto en cuestión. Ante todo tiene que ser comercial, y seguimos sufriendo las consecuencias de anteponer dicho aspecto a todo lo demás.

Algunas reflexiones planteadas por Rosa Liguori Guelfi en “Radiografía de la familia y la infancia: antiguos y nuevos saberes”: En cuanto a la infancia: ¿Cómo viven los niños de hoy el impacto de estos nuevos saberes? ¿Qué produce en esta nueva generación del S. XXI el discurso de la ciencia en su versión de consumo: la técnica? ¿Qué relación tiene el niño –o el adolescente-  con el ordenador, con la imagen virtual que le ofrece o anula su encuentro con el otro? ¿Cuál es el impacto del cine infantil –ya sea en su versión americana o japonesa- donde la combinación violencia-sexo o violencia-violencia, no responden a ningún mito, a ninguna crítica social?

Con estas incógnitas bajo el brazo nace y crece un nuevo niño, un niño postmoderno, por muchos considerado como un pequeño monstruito egoísta, insaciable y malcriado. No en vano el niño de hoy tiene libre acceso a los medios de comunicación en el cual la información llega hacia él en la misma medida del adulto. Ya no existe una separación entre el mundo adulto y el infantil, los estímulos son comunes y los filtros que caracterizaban la censura hacia el menor se han diluido. Ese largo proceso de “descubrimiento del mundo adulto” se ha visto fragmentado y vemos como se anticipa la adolescencia del mismo modo que se retrasa negligentemente la  imprescindible entrada a la edad adulta. Los niños dejan de ser niños muy rápido aunque podemos afirmar que solo unos pocos llegan a ser hombres o mujeres.

No corren tiempos fáciles para el niño ni para sus padres, que motivados por una nueva corriente de educación basada en el respeto a la identidad del menor, confunden lo dicho con el exceso de permisividad para posteriormente encontrarse con ausencia de autoridad e incapacidad para influir en las muchas veces equivocadas decisiones de sus hijos que se muestran con exceso de confianza y una lógica falta de experiencia.  Los niños juegan a sus anchas y quieren más, mucho más, en realidad ¡lo quieren todo! En una sociedad como la actual, marcada por los contrastes extremos y la búsqueda constante de la plenitud y la autosatisfacción, que en las últimas décadas ha generado de manera vertiginosa y violenta nuevos referentes y patrones, que ha relegado valores como el sacrificio, la responsabilidad y el compromiso, es inevitable  que se empiecen a advertir fracturas en algo tan definitorio como la educación activa y pasiva de nuestros niños. Sobrestimulados y sobreconsiderados por sus progenitores, los niños son prácticamente elevados a la categoría de pequeñas majestades que gozan de todo tipo de privilegios y consideraciones.  A su vez sometidos a la implacable exigencia de todo al aparato social, los niños viven un cortocircuito entre el potencial imaginario y el real.

Teniendo en cuenta el trato infringido a los infantes a lo largo de la historia, es lógico que estemos ciertamente asentados en una actitud radicalmente opuesta a la tradicional. Nos movemos al son de un efecto péndulo basado en la culpa, adoptado por el grueso de la sociedad, a su vez  respuesta política y social a años de despotismo. Hoy nadamos en la sobreprotección y en una implacable necesidad de ahogar al niño en todo cuanto pida. Después de la presión política, cultural, social, ¿quién se atreve a imponer disciplina sin ser considerado un déspota?, ¿quién se atreve a no regalarle a su hijo la Play Station 3 por la cual lleva berreando semanas y que además ya todos en la escuela la tienen a excepción de él?, ¿quién se atreve a decir “no” a su hijo? Nuestros niños ya han aprendido el arte de la manipulación y la poca conveniente receta de la satisfacción inmediata. Será importante en este proceso histórico encontrar un término medio a partir del cual los padres y educadores puedan imponer valores y acciones a partir del cariño y que la plenitud del menor no pase por un ilusorio estado de felicidad permanente consecuencia de la acumulación de deseos concedidos. Procurar al niño este estado imposible dará lugar a todo lo contrario: frustración, intolerancia, ansiedad, depresión y aislamiento, todas ellas consideradas las nuevas enfermedades emocionales de finales del siglo pasado. Resulta pues imprescindible encontrar el término medio a lo largo de las próximas décadas. Tal como muchas veces nos han dicho nuestros padres: “Te castigo porque te quiero”. Y aun así no es suficiente. La labor se presenta ardua.

Curiosamente este cambio en la representación social de la figura del niño es paralelo, aunque inverso, a la del abuelo. Si en la década de los 40´s el anciano era el miembro más respetado y honorable de la familia, actualmente se concibe, aunque sea en secreto, como el sujeto incómodo, dependiente e improductivo al que hay que atender por obligación moral. Éste es sin duda un giro radical en el modo de entendernos, totalmente relacionado con la sociedad de consumo. Parece ser que el mismo reclamo del niño, esa frase pesada y tan presente, el famoso “¡Quiero más!”, también está presente en nuestra manera de vivir la vida y el ansiado futuro. Lo queremos todo, todo aquello que no tenemos, todo aquello que está por llegar. Lo vivido, lo obtenido, lo gastado no nos sirve. La sociedad de consumo nos ha alcanzado a todos. No lo podemos evitar. ¡Queremos más!

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